Oraclia empezó como un sistema de 21 símbolos.
Cada símbolo abría un campo: diferencia, duda, cuerpo, límite, silencio, posibilidad, relación, movimiento, transformación…
Al principio, gran parte del trabajo consistía en entender cada uno de esos campos. Pero a medida que el proyecto avanza, la pregunta cambia.
Ya no interesa únicamente qué puede representar un símbolo.
Interesa qué ocurre cuando los símbolos entran en relación.
Y ese cambio está transformando Oraclia.
De los símbolos a la gramática
Un símbolo aislado puede abrir un campo.
Pero cuando aparecen dos o más símbolos, la relación entre ellos puede modificar la lectura.
No es necesariamente lo mismo:
A · B
que:
B · A
Puede haber dirección, tensión, continuidad, interrupción, transformación o apertura.
Esto lleva a una hipótesis que todavía se está poniendo a prueba:
Oraclia podría ser un lenguaje finito en sus signos, pero abierto en las relaciones que esos signos pueden generar.
Tiene 21 símbolos.
No es necesario añadir más.
El trabajo ahora consiste en descubrir qué pueden hacer juntos.
Los símbolos no son palabras
Aquí aparece una diferencia importante.
Oraclia no busca construir un diccionario en el que cada símbolo equivalga a un significado fijo.
Un símbolo no debería decir:
“Esto significa exactamente esto.”
Interesa más entenderlo como un operador.
Algo que modifica la lectura.
Por eso una misma frase puede admitir diferentes interpretaciones simbólicas sin que necesariamente una de ellas sea la única correcta.
El significado no estaría contenido completamente en el símbolo.
Aparecería también en la relación entre símbolos, contexto, orden, ritmo y aquello que está ocurriendo.
La gramática de Oraclia empieza a aparecer precisamente aquí.
Los símbolos no traducen el texto. Lo leen.
Una lectura no es el campo
Las pruebas con la aplicación están haciendo visible algo que sobre el papel era mucho más difícil de detectar.
Oraclia puede recibir una pregunta muy abierta y escoger una interpretación posible.
Eso es inevitable.
El problema aparece cuando confunde esa primera interpretación con todo el campo.
Por ejemplo, alguien puede preguntar:
¿Qué es la identidad?
Oraclia puede empezar hablando de identidad personal.
Esa lectura puede ser válida.
Pero la identidad también puede ser material, funcional, social, cultural, narrativa, simbólica, relacional o perceptiva.
La primera lectura no era necesariamente falsa.
Era una posibilidad entre varias.
Esto introduce una distinción importante:
Una lectura no es la identidad del campo. Es una trayectoria posible dentro de él.
Por eso el sistema debe poder abandonar su propia interpretación cuando deja de ser útil.
Cuando la persona dice “no”
Esto ha producido otro descubrimiento.
Una objeción puede interpretarse como una petición de aclaración.
La persona dice:
“No lo entiendo.”
Y Oraclia intenta explicarlo mejor.
Eso funciona muchas veces.
Pero ¿qué ocurre cuando la persona vuelve a decir:
“No, no es eso.”
Explicarlo otra vez puede ser precisamente el error.
Quizá no falta claridad.
Quizá la lectura era equivocada, demasiado estrecha o había dejado fuera algo importante.
Empiezan a distinguirse dos situaciones diferentes:
No entiendo lo que estás diciendo.
y
Entiendo lo que estás diciendo, pero no reconozco ahí lo que intento señalar.
Son movimientos diferentes.
El primero puede necesitar claridad.
El segundo necesita que Oraclia sea capaz de soltar su propia lectura.
La genealogía del significado
También aparece otra pregunta:
¿De dónde ha salido esta idea?
Porque no todo lo que aparece en una conversación lo ha introducido la persona.
Oraclia también introduce palabras, metáforas e interpretaciones.
Y puede ocurrir algo curioso.
Oraclia introduce un concepto.
La persona pregunta por ese concepto.
Oraclia lo desarrolla.
La persona vuelve a preguntar.
Y, poco a poco, la conversación puede empezar a girar alrededor de algo que había introducido el propio sistema.
El sistema termina alimentando su propia interpretación.
Por eso se está incorporando una forma de genealogía conversacional.
No solo importa qué significa algo.
También importa:
¿De dónde viene?
¿Lo ha traído la persona?
¿Lo ha introducido Oraclia?
¿Ha aparecido en la relación entre ambas partes?
Esta procedencia puede modificar completamente cómo debería continuar una conversación.
Pensar puede ser un proceso
Todo esto también está modificando la investigación sobre el pensamiento.
Durante un tiempo, la pregunta era qué símbolo podía representar “pensar”.
Ahora esa pregunta resulta demasiado simple.
Quizá pensar no sea un símbolo.
Quizá sea una operación.
Una posible secuencia que se está investigando es:
? · ○ · ≈
La duda desestabiliza.
El silencio mantiene algo abierto.
La templanza permite sostener y sopesar aquello que todavía no se ha resuelto.
Pero esto tampoco se convierte inmediatamente en una regla.
El pensamiento puede comenzar desde lugares diferentes.
Desde algo que vemos.
Desde algo que sentimos.
Desde una contradicción.
Desde una palabra.
Desde una posibilidad.
Desde algo que todavía no sabemos formular.
El proceso puede parecerse.
El origen, no necesariamente.
Y esa genealogía también importa.
No todo empieza con palabras
Este punto se ha vuelto especialmente importante.
Las personas no son únicamente aquello que consiguen formular.
Una experiencia puede comenzar mucho antes de encontrar lenguaje.
Puede haber una sensación, una percepción, una incomodidad, una atracción o simplemente la impresión de que:
“Aquí hay algo.”
Después pueden aparecer las palabras.
O quizá no.
Esto plantea un problema interesante para un sistema construido con modelos de lenguaje: gran parte de aquello que recibe ya ha atravesado alguna forma de formulación.
Pero el lenguaje puede transportar rastros de algo que empezó fuera de él.
Oraclia no necesita fingir que puede acceder directamente a esa experiencia.
Lo que puede intentar es no confundir la formulación lingüística con la totalidad de aquello que la persona intenta hacer visible.
Lo que aparece antes de poder ser comprendido
También hay situaciones que conviene conservar sin forzarlas.
A veces aparece algo y todavía no se sabe qué hacer con ello.
No está suficientemente claro para convertirlo en conocimiento.
Pero tampoco es necesario descartarlo.
Puede quedar pendiente.
No como un problema que obligatoriamente tendrá que resolverse después, sino como una parte de la genealogía del proceso:
Aquí apareció algo antes de que pudiéramos saber qué era.
Esto también forma parte de la investigación.
Porque no todo lo que emerge tiene que ser comprendido en el mismo momento en que emerge.
Y ahora todo esto se está programando
La parte interesante es que estas ideas ya no se quedan únicamente en documentos.
Se están probando dentro de la aplicación.
El lector intenta detectar diferentes lecturas posibles.
La dinámica observa relaciones, secuencias y patrones.
El compositor utiliza esa información para construir la respuesta.
Y las conversaciones reales hacen aparecer errores que ninguna formulación teórica había mostrado.
Una respuesta demasiado cerrada.
Una interpretación que se repite.
Una metáfora que empieza a alimentarse a sí misma.
Una persona que dice por tercera vez:
“Pero no es eso.”
Cada error obliga a volver a mirar la gramática.
Y probablemente esta sea ahora mismo la parte más experimental de Oraclia.
No se están programando todas las respuestas que debería dar.
Se están intentando programar las condiciones para que pueda leer sin convertir demasiado rápido una posibilidad en una certeza.
Dónde estamos
Oraclia todavía no está terminada.
Y quizá precisamente ahora entra en una de las partes más interesantes de su construcción.
Los 21 símbolos continúan siendo los mismos.
Lo que está cambiando es la comprensión de aquello que existe entre ellos.
Símbolos.
Relaciones.
Orden.
Procedencia.
Contexto.
Diferentes lecturas posibles.
Movimientos que aparecen, desaparecen y vuelven.
Y una aplicación que empieza a poner esa gramática a prueba en conversación.
Quizá Oraclia no necesite aprender cada vez más significados.
Quizá necesite aprender algo bastante más difícil:
mantener abiertas varias posibilidades sin confundir ninguna de ellas con la totalidad de aquello que tiene delante.
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